Las biorrefinerías, claves en la era pospetróleo

Las últimas investigaciones se centran en la obtención de bioplásticos, biopinturas y el valor de las microalgas como materia prima de origen orgánico.

Ante un panorama de futuro caracterizado por la escasez de recursos fósiles, el aumento de la población y las consecuencias del cambio climático, las miradas se han vuelto hacia el desarrollo de la bioeconomía. Dentro de esta rama del conocimiento, especializada en la sostenibilidad en los modelos de negocio, las biorrefinerías juegan un papel clave.

Cuál es la función de estas instalaciones? Básicamente, se dedican a combinar procesos biológicos, térmicos, físicos y químicos para transformar materias orgánicas de desecho en un amplio espectro de bioproductos y biocombustibles a los que se puede dar otros usos industriales o comerciales.

Tradicionalmente, el aprovechamiento de los residuos procedentes de la agricultura, la industria alimentaria o los restos orgánicos que se recogen en las ciudades se limitaba prácticamente a la obtención de compost y algunos tipos de biocosmbustibles. Hoy en día, sin embargo, se está trabajando en la transformación de estos residuos en multitud de nuevos biomateriales y bioproductos (también llamados biobasados) de enorme utilidad. Uno de los más importantes son los bioplásticos, capaces de sustituir a los derivados del petróleo con los que se fabrican la mayoría de los envases y botellas que inundan nuestros océanos.

El reto va dirigido a todo tipo de sectores: desde la agricultura y la pesca hasta la ganadería, la industria forestal o la agroalimentaria. En este ámbito también juegan un papel importante los gestores de residuos municipales y las depuradoras.

Calquiera de estas actividades puede hacer evolucionar su modelo de negocio actual hacia otro alternativo, que incorpora el concepto de biorrefinería. Es decir, son industrias con un enorme potencial para transformar sus residuos en  bioproductos o materias primas alternativas que pueden vender a su vez a terceros. Un buen ejemplo de ello lo encontramos en Urbiofin, un proyecto subvencionado por la UE para demostrar cómo los desechos orgánicos que recogen los municipios –muchos de los cuales terminan en vertederos muy contaminantes- pueden transformarse en biofertilizantes como el etanol, plásticos de uso agrícola, envases para productos cosméticos y microalgas (de uso habitual en diferentes industrias químicas). “El proyecto consiste en la instalación de plantas a escala precomecial en Valencia, Zaragoza y Ciudad Real, con el objetivo de testar los productos resultantes y divulgar después los resultados para demostrar que es posible dar un uso más productivo y sostenible a la basura que generamos en las ciudades. Durante cuatro años, en cada una de estas plantas se procesarán cada día 10 toneladas de residuos El objetivo es que se acabe desarrollando este mismo modelo a escala industrial, y no solo con estos productos, sino con muchos otros”, nos explica Andrés Pascual, responsable de Medio Ambiente, Bioenergía e Higiene Industrial de AINIA.

Este centro tecnológico con base en Valencia acogió el pasado 14 de junio unas jornadas internacionales en las que en la que participantes de catorce países distintos dieron a conocer las últimas tendencias en modelos de biorrefinería que se están desarrollando en la UE a partir de residuos orgánicos de origen agroalimentario y urbano. Urbiofin fue solo uno de ellos. Se habló también de biomateriales con gran potencial comercial como las nanocelulosas, los ladrillos químicos biobasados o building-blocks (etanol, succínico, levulínico, etc.) así como las biopinturas, biosurfactantes y bioadhesivos –todas ellas alternativas ecológicas a los derivados del petróleo y otros químicos altamente contaminantes-.

También a pequeña escala

Uno de los puntos donde se hace mayor hincapié es en el hecho de que las biorrefinerías no tienen nada que ver con el concepto de gran refinería de petróleo tradicional, a pesar de que para explicarlo suela utilizarse el término como analogía. La nueva generación de biorrefinerías está concebida tanto para gran escala como para pequeña. Cualquier pyme puede convertirse al mismo tiempo en una biorrefinería, si encuentra los socios adecuados.

Andrés Pascual nos lo explica con un ejemplo: “Imagina que tienes una empresa agroalimentaria que contrata desde hace años los servicios de un gestor de residuos para que éste venga a recogerlos. Sin embargo, a lo mejor averiguas que mediante un proceso de fermentación, tus residuos pueden transformarse en un compuesto químico como el ácido láctico, de uso habitual en determinadas industrias químicas. Quizás puedes llegar a un acuerdo con una de ellas para venderles tu bioproducto. Tú no solo te ahorrarías lo que pagabas al gestor de residuos, sino que probablemente obtendrías un beneficio extra, y al mismo tiempo la empresa química reemplazaría por ejemplo un 5% de sus materias primas con una alternativa biobasada con la que puede ahorrarse dinero y contribuir a la transición de la era postpetróleo. Otro valor añadido de este tipo de estrategias es que las empresas obtienen un enorme rédito reputacional ante sus clientes al demostrar que se preocupa por el medio ambiente. Ahora mismo existen muchísimas oportunidades de este tipo de en el mercado; lo que se necesita es que existan jornadas como ésta, que facilitan el networking entre empresarios de distintos sectores económicos, capaces de beneficiarse mutuamente”.

Las biorrefinerías están todavía en un momento incipiente en toda Europa, si bien hay países como Alemania y Holanda, donde llevan cierta ventaja. “Van por delante sobre todo porque allí el consumidor está más sensibilizado ante la problemática medioambiental, y está dispuesto a pagar un poco más por un producto que sabe que se ha realizado a partir de biomasa o materiales orgánicos. Este cambio de mentalidad, de todos modos, llegará con el tiempo a todos los países”, comenta Pascual. El imparable tren de la bioeconomía ya ha arrancado, y no hay vuelta atrás.

Fuente: El Independiente, vía Bioeconomía

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